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23 de febrero de 2008
En la tarde del 23 de febrero de 1981, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina irrumpió en el hemiciclo del Congreso al frente de 200 guardias civiles. Su entrada a voces le robó el protagonismo a Leopoldo Calvo Sotelo, que en ese momento estaba siendo investido presidente. Con el ya famoso grito de "¡Todo el mundo al suelo!" comenzaron las dieciocho horas más complicadas de nuestra entonces recién estrenada democracia.
Nadie, o casi nadie, se lo esperaba. Y sin embargo, el operativo había empezado mucho antes, en julio de 1980 en un restaurante de Madrid. Allí se dieron cita el teniente coronel Tejero, el civil Juan García Carrés y el teniente coronel Pedro Mas Oliver, ayudante del teniente general Jaime Milans del Bosch, capitán general de Valencia, de quien llevaba instrucciones concretas: encargar a Tejero la elaboración de un plan para asaltar la Cámara Baja.
El plan de los golpistas tenía tres puntos clave: la toma del Congreso, la intervención de la División Acorazada Brunete (DAC) y la incorporación al golpe de los capitanes generales tras el bando que el mismo día haría público en Valencia.
Establecía, además, el nombramiento del general Alfonso Armada Comyn como presidente del nuevo Gobierno.
Valencia, en Estado de Excepción
Aquella tarde del 23-F, Santiago Carrillo permaneció sentado, igual que Adolfo Suárez. El general Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente del Gobierno, se enfrentó sin éxito a Tejero.
El resto de los diputados desaparecieron tras sus escaños. Tan sólo al cabo de unas horas, los militares permitieron a los congresistas volver a sus asientos.
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El ejército trataba de neutralizar a los golpistas mientras la soberanía popular quedaba confinada bajo los escaños del Congreso
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En el exterior y a tenor de la evolución de los acontecimientos, se procedió a neutralizar el plan de los golpistas, ya que Milans del Bosch había impuesto el estado de excepción en Valencia y Tejero se había hecho fuerte en el Congreso.
Para parar la intervención de la DAC y la participación del resto de los capitanes generales de España se pusieron en marcha las directrices del capitán general de Madrid, Guillermo Quintana Lacaci, y del jefe del Estado Mayor del Ejército, teniente general José Gabeiras Montero.
El primero, a través de la red de mando, impidió que la División Acorazada se pusiera en marcha. El segundo desmontó los intentos de Milans de convencer a los capitanes generales de que el Rey estaba detrás de la operación golpista.
Los tanques vuelven al garaje
Pero nada de eso hubiera sido posible ni hubiera dado resultado sin la intervención directa del rey Don Juan Carlos. A la una de la madrugada, el monarca apareció vestido de capitán general en las pantallas de televisión. El objetivo era claro: desautorizar a los conspiradores y confirmar el apoyo de la Casa Real a la democracia.
Cinco horas más tarde, a las seis y media de la mañana, el capitán general Milans del Bosch dejó su puesto de mando después de aceptar la orden de retirada impuesta por el Rey. Dos horas antes ya había ordenado la vuelta de los hombres y los carros de combate desplegados en Valencia a sus respectivas unidades.
La División Acorazada no se movilizó y las Capitanías Generales estaban bajo control. En ese momento, sólo faltaba solucionar el asalto al Congreso.
Rendición de Tejero
A las nueve de la mañana del 24 de febrero, el teniente coronel Tejero firmó su rendición, en la que se establecía que no se pidieran responsabilidades de teniente hacia abajo. Esta petición fue aceptada por la cadena de mando militar y se tuvo en cuenta durante el posterior proceso judicial.
A las doce y cuarto de la mañana de este mismo día, los diputados fueron liberados. Esta vez, la democracia se había impuesto a las pistolas.
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