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Dónde viven los inmigrantes sin papeles en Madrid
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BELÉN TOLEDO

“Imagínate que nunca has visto un semáforo. Que has nacido en un lugar en el que no existe la electricidad. Imagínate todo eso, y ahora piensa que de repente estás en medio de Madrid. Llegaste a Canarias o a Ceuta después de meses o años de viaje a través de África, te han traído en avión hasta la capital, y estás en la calle. ¿Qué otra cosa puedes hacer además de vivir en un parque?”.

Son las palabras de Bertin, camerunés. Se coló en Ceuta hace tres años y unos meses después recaló en Madrid. Consiguió salir de la calle gracias a una combinación de suerte y tesón, y a la ayuda de una ONG. Pero sabe en qué zonas podemos encontrar a los subsaharianos que no tienen más techo que el cielo de Madrid, porque durante meses él fue uno de ellos.

Miles de personas están en la misma situación que Bertin, haciendo su particular odisea en busca de trabajo y vivienda en nuestro país. Los incendios que han acabado con la vida de 24 inmigrantes en París nos hace preguntarnos cuál es su situación en las ciudades españolas. Informativos Telecinco ha escogido Madrid para averiguar dónde viven, en qué condiciones, con qué riesgos, los extranjeros que llegan a España sin papeles.


Pisos dignos de una hipoteca

Un grupo de jóvenes africanos están sentados en un parque del centro de Madrid, rodeados de envases de leche, de mantas y de ropa extendida en los bancos. Uno de ellos está haciendo memoria y relatando los lugares de acogida por los que pasan todos los inmigrantes africanos que llegan a Madrid: “En San Juan de Dios se puede estar hasta dos semanas, tres meses en Cruz Roja, lo mismo que en CEAR, que tiene pisos y también paga pensiones…”

Así, va desgranando una lista de unas cinco ONGs que ofrecen alojamiento a los inmigrantes que llegan a Madrid con lo puesto y sin lazos familiares o sociales que les den un techo. Pero además de las que enumera, hay muchas más.

En su página web, la Comunidad de Madrid dispone de una lista de organizaciones no gubernamentales que ofrecen a los inmigrantes alojamiento o asesoramiento para la vivienda. Las más famosas son Cruz Roja, CEAR, Karibu y San Juan de Dios. En total aparecen 52, de las cuales unas 40 están subvencionadas por la Comunidad de Madrid y también por el Ayuntamiento. Estas dos administraciones, a su vez, cuentan con recursos propios de asistencia: 800 plazas repartidas entre centros y pisos de acogida.

Allí los inmigrantes encuentran un techo y también ayuda. Se trata además de darles las herramientas mínimas para integrarse en la sociedad, con servicios de asesoría jurídica y de enseñanza del castellano. En cuanto a la seguridad de los inmuebles, el Ayuntamiento y la Comunidad inspeccionan sus propios edificios y ponen condiciones de habitabilidad a las ONGs que aspiran a ser subvencionadas. Según Tomás Vera, director general de Inmigración: “Nadie está libre de accidentes, pero es muy difícil que en centros públicos o subvencionados de Madrid pase algo parecido a las tragedias de París”.

La realidad confirma estas declaraciones. Las viviendas para inmigrantes en Madrid son amplias y están decoradas con esmero. Sus ocupantes son siempre temporales: en la inmensa mayoría de ellas los inmigrantes pueden pasar sólo tres meses. Pero son tres meses, según afirman todos, que pueden servir de trampolín para una posterior integración en la sociedad.



Fotos de las chicas acogidas
Sor Concepción, coordinadora del Centro de Atención Social San Rafael, observa las fotografías de las chicas que han vivido en el piso de acogida para inmigrantes de esta ONG .


Ylenia, por ejemplo, es una mujer colombiana de unos cincuenta años. Esta semana se cumplen tres meses de su estancia en el piso de acogida para mujeres inmigrantes del Centro de Acción Social San Rafael, una organización católica famosa en la zona norte de Madrid por el boca a boca entre los inmigrantes.

Ylenia llevaba tres años trabajando como limpiadora, pero cuando el Gobierno anunció el proceso extraordinario de regularización en la pasada primavera, su jefa no quiso darle un contrato legal. “La señora se asustó y me tuve que ir a la calle”, dice Ylenia. Pronto tendrá que irse también de este piso que le brinda el CAS San Rafael, porque hay más chicas esperando y no hay sitio para todas. Pero habrá tenido tiempo de buscar un trabajo, y sobre todo habrá tenido tres meses de tregua en su difícil situación.

La vivienda que ocupa Ylenia junto con otras cinco chicas es muy grande y soleada, y está situada en uno de los barrios más tranquilos de Madrid. El alquiler del piso costaría unos 1.800 euros mensuales pero la religiosa que regenta el CAS San Rafael, Sor Concepción, lo ha conseguido por seiscientos. “Es propiedad de los jesuitas”, confiesa, “por eso nos sale tan barato”.

En el despacho que ocupa la psicóloga que trabaja con las chicas por las mañanas, dentro de la vivienda, las paredes están decoradas con los recuerdos que han dejado las que han pasado por allí. “Tratamos de darles herramientas para que encuentren un trabajo, una casa. La mayoría lo consigue”, dice Sor Concepción.

Además de las decenas de organizaciones católicas que trabajan con inmigrantes, hay un sólido entramado de ONGs laicas que también cuentan con viviendas para la estancia temporal de inmigrantes. Una de las más conocidas es CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado). Tiene un piso en Leganés para refugiados (personas cuyo país de origen vive una guerra o cualquier otra situación en la que no se garantiza el respeto a los Derechos Humanos, y por eso no pueden ser enviados de vuelta). También es grande y luminoso y está bien cuidado. Sus huéspedes pueden permanecer allí cuatro meses, prorrogables si se considera necesario. Se trata de darles un techo temporal, pero sobre todo de orientarlos para que consigan un trabajo.



Frahad
Frahad es afgano y desde hace un año vive en el piso de acogida de la ONG CEAR. Lo normal es que la estancia de los inmigrantes no sobrepase los cuatro meses, pero si es necesario y posible se concede una prórroga.


Los jóvenes que en este momento ocupan la vivienda ofrecen un vaso de agua fresca al visitante y cuentan su historia: Bamba, de Costa de Marfil, llegó a España huyendo de la guerra y ahora está buscando un trabajo. Frahad, afgano, está en nuestro país desde hace cinco años y, gracias a la orientación y al alojamiento que le ha ofrecido CEAR, ha hecho un curso de fontanería. Comienza a trabajar el miércoles: un éxito para el programa.

Que todos los inmigrantes corran la misma suerte que Frahad es el objetivo de las plazas de alojamiento temporal. Pero no todos los casos son como el de Frahad. Hay colectivos que lo tienen más difícil, que tras tres meses en un centro o en un piso de acogida van directos a la calle. De entre ellos, los que peor lo tienen son los subsaharianos.


De África a Madrid



Jardín público
Tras pasar unos meses en los centros de acogida, muchos inmigrantes no encuentran trabajo y se ven abocados a la calle.


El camino que miles de africanos recorren hasta llegar a la capital es largo. Cuando un grupo de inmigrantes subsaharianos llega a Canarias, a Ceuta o a Melilla de manera ilegal, y es descubierto por las autoridades, los recién llegados son conducidos a un centro de internamiento donde pueden pasar hasta cuarenta días.

Una vez que acaba ese plazo la inmensa mayoría de ellos no pueden ser devueltos a su país por variadas razones: en unos casos porque hay guerra en el sitio de donde vienen, y la ley prohíbe que se deporte a una persona cuyos derechos no vayan a estar garantizados; otras veces, simplemente no hay convenios entre el Estado español y el Estado de origen.

La consecuencia es que estas personas quedan en una suerte de “limbo” legal: no pueden trabajar porque tienen una orden de expulsión y no tienen papeles, pero tampoco pueden ser expulsados. El Gobierno, ante la saturación de Canarias, Ceuta y Melilla, opta por enviarlos a la península. Según Tomás Vera, el director general de Inmigración del Ayuntamiento de Madrid, son tres los vuelos mensuales que el Ejecutivo organiza para aliviar la congestión de los centros de internamiento de las islas y las ciudades españolas del norte de África.

Una vez que llegan a Madrid, los inmigrantes son llevados al centro policial de Canillejas y, de ahí, a las 48 horas, van a la calle. El Ayuntamiento se queja de la falta de coordinación: si el Gobierno avisara, dicen, les estaríamos esperando y podríamos atenderlos a todos. De momento no es así, y tiene que funcionar el boca a boca: entre ellos se informan y pronto los que acaban de llegar saben dónde les ayudarán.

Casi todos los inmigrantes que han llegado de esta forma se sabe de memoria la lista que encabezaba este reportaje: tres meses en el centro de la Cruz Roja, tres en San Juan de Dios, CEAR, el albergue del Ayuntamiento. Si se acercan a un centro de Servicios Sociales, todavía tendrán más opciones, más programas de acogida de la Comunidad Autónoma, de otras ONGs. La oferta asistencial es variada y de calidad. El problema es que es estrictamente temporal: son sólo tres o cuatro meses.

¿Qué pasa con ellos, entonces? Según Tomás Vera, el Ayuntamiento pone todo su esfuerzo en esos tres meses: en dar a los inmigrantes que llegan a Madrid las herramientas básicas para vivir en nuestra sociedad. El problema viene cuando salen otra vez a la calle. Entonces, muchos de ellos se van al campo: a Murcia, a La Mancha, a donde les den trabajo. Sus condiciones de vida en esas provincias son, en muchos casos, muy malas.

Gran parte de ellos, no obstante, se queda en Madrid. Algunos tienen contactos que les consiguen un hueco en un piso atestado. Se dedican entonces a “vender” (que en su particular argot significa dedicarse al “top manta”). Otros tienen un poco más de suerte y dan con un compatriota que tiene papeles. Durante un tiempo, los toma prestados (o simplemente los fotocopia) y entra a trabajar en una obra: “Antes era más difícil, pero ahora, con tanta obra en Madrid, basta una fotocopia para trabajar, porque falta gente” cuenta Bertin. Alí, senegalés, cuenta que “si al patrón le gusta como trabajas, entonces le dices la verdad, y el patrón te hace papeles”.



Jardín público
Enseres de jóvenes inmigrantes en el banco de un jardín público madrileño.


Pero no es tan fácil como cuenta Alí: para un empresario, es muy difícil conseguir un permiso de trabajo y normalizar la situación de un empleado inmigrante. El proceso de regularización extraordinario que el Gobierno acometió en primavera dejó fuera a 100.000 extranjeros empadronados, según los cálculos más optimistas. Según los menos optimistas, son más de un millón los que están empleados sin contrato.

Se encontrarán con estos problemas los que consigan un trabajo en la economía sumergida. Los que ni siquiera han tenido esta suerte, vivirán en los parques, “vendiendo” para subsistir. Y con la perpetua amenaza del desalojo por parte de la policía.


Grutas en el asfalto para pasar el invierno

En Madrid, son muchos los lugares en los que podemos encontrarlos. Uno de los parques más concurridos es el que queda detrás de la catedral de la Almudena. Ahí, al pie de uno de los muros altos y gruesos sobre los que se asienta el templo hay, caprichos de la arquitectura, una grieta mínima, una especie de cueva. En ese boquete duermen quince o veinte personas.

Pasan el día “vendiendo” o buscando trabajo, y se reúnen al caer la tarde. Se duchan en pensiones, o en instalaciones de ONGs, dos o tres veces a la semana. “Son fuertes, son jóvenes y quieren trabajar”, dice Bertín, “¡pero no tienen papeles!”

No hay centros de acogida para todos, ni posibilidades de trabajar de forma legal. Si no encuentran un empleo “en negro”, acaban en la calle. Cabe preguntarles que por qué no vuelven a sus países. Entonces todos responden a la vez: Ibrahim cuenta que tardó dos años en cruzar África desde Liberia hasta Ceuta, y meses en conseguir cruzar la frontera, que lo invirtió todo y no puede volver a su pueblo sin nada más que un fracaso que contar. Alí, de Senegal, dice que con lo poco que gana aquí, su madre ayuda a su familia y la mitad de la gente que vive en su poblado. Que si encuentra un trabajo, ganará en un año lo que en Camerún le costaría tres lustros, y podrá volver y tener una casa y una familia allí. Ferdy, de Camerún, dice que él vino porque en la televisión los blancos parecían muy amables, y España muy hermosa.

Ahora la mayor preocupación de los que “viven” detrás de la catedral de la Almudena es que el doce de septiembre la policía les echa de la pequeña cueva en la que habitan, y llega el invierno. Eso, y encontrar un trabajo, claro. Que es para lo que han venido.

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Detrás de la Catedral de la Almudena, una gruta excavada en el muro sirve de refugio para un grupo de jóvenes subsaharianos.