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¿A qué tiene miedo
Al Qaeda?
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6 de julio de 2005

Aviones, trenes, autobuses, metro. Los atentados de Al Qaeda contra las ciudades occidentales han seguido una pauta definida: todos ellos han tenido como objetivos el transporte público. Quizá sea una forma de conseguir un alto número de víctimas con un solo artefacto explosivo. O quizá estemos ante una idea más perversa ante la que, a pesar de lo que sostienen los pesimistas, sí tenemos defensa.

No quieren que nos movamos, que nos comuniquemos y que traslademos nuestras ideas y nuestros valores a otros lugares del mundo. Quieren que nos recluyamos en una cueva, que es a fin de cuentas el lugar en el que viven muchos de ellos.

Al Qaeda empleó los aviones de pasajeros como misiles para estrellarlos contra las torres gemelas y el Pentágono. Se dijo entonces, y no sin razón, que se trataba de un ataque directo contra el corazón del poder norteamericano. Con el paso del tiempo, hemos descubierto que la lógica de estos terroristas no se detiene en un solo ataque contra el país más poderoso de la Tierra.

No se trata de una guerra de Al Qaeda y sus satélites contra EEUU. Es posible que lo fuera en un principio, pero ya no lo es. Los atentados de Madrid y Londres revelan que la estrategia es inevitablemente global. Todos los países occidentales están en el punto de mira.

La elección del objetivo puede basarse en cuestiones pragmáticas: el lugar en el que Al Qaeda tiene más partidarios o el país en el que resulta posible conseguir explosivos. Por encima de esos detalles, y es ahí donde pueden trabajar las fuerzas de seguridad, está la idea de que el enemigo de los terroristas es Occidente, aunque no todos sus integrantes tengan la misma política exterior.

La visión integrista de la historia se basa en la idea de la pureza. Sólo los fieles propios conservan la integridad de las creencias religiosas. Del exterior sólo puede venir la contaminación de esas ideas. Hay que mantener a los extranjeros alejados, y eso incluye a sus ideas.

El mundo actual no permite ese aislamiento. Incluso aunque la mayoría de los ciudadanos españoles, británicos o norteamericanos no estuvieran especialmente interesados en el modo de vida de iraquíes, afganos o marroquíes, su influencia terminaría haciéndose presente en todo el mundo.

El desarrollo de las economías occidentales ha provocado un gran aumento del nivel de vida. Y parte de esa riqueza se debe a la comunicación, de bienes y de personas, y es imposible que pueda detenerse en las fronteras.

La clave de nuestra riqueza y de la extensión de la democracia en el mundo (de una idea bastante imperfecta de democracia, todo hay que decirlo) es la comunicación. Es un mecanismo tan poderoso que hasta los propios terroristas pueden utilizarlo en su beneficio: para propagar sus ideas, para reclutar militantes o para enviarlos a cometer atentados.

Su única victoria posible consiste en obligarnos a recluirnos en nuestras “cuevas” y permitir que ellos sigan imponiendo sus ideas medievales en sus propios países. Ahora mismo, no pueden hacerlo. Un consejo tribal puede condenar a una mujer inocente a ser violada por sus vecinos, como ocurrió con Mujtarán Bibi en un pueblo de Pakistán.

Si sus víctimas son tan valientes como lo fue Bibi, su caso terminará llegando a nuestros oídos y el Gobierno de ese país quizá se vea obligado a actuar.

Nuestras ideas son poderosas, mucho más que nuestras armas. Podemos invadir países, pero eso es algo con lo que los terroristas pueden convivir. Los terroristas como Al Zarqawi tienen ahora en Irak un excelente campo de batalla para adiestrar a una nueva generación de yihadistas. Como están dispuestos a morir, no les resulta demasiado penoso saber que se enfrentan a un enemigo superior.

Son nuestras ideas, y su capacidad para comunicarse por todo el mundo, lo que les preocupa. Y esas ideas no son los discursos solemnes de nuestros líderes, que ni siquiera nosotros nos creemos del todo, sino los valores que comparten los pasajeros de los trenes de Atocha y del Metro de Londres.

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Iñigo Sáenz de Ugarte
Editor Informativostelecinco.com