Chernóbil, ¡crucemos los dedos!
 Más de dos décadas tras el desastre nuclear
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RUBÉN G. ENEBRAL
19 de noviembre de 2007

¡Crucemos los dedos!. Julia Marusich apoya sus palabras con el gesto correspondiente. Por la ventana de la habitación en la que nos habla gozamos de una vista privilegiada del reactor número cuatro de la central de Chernóbil. Hace 21 años, una prueba de seguridad provocó aquí el mayor accidente nuclear de la historia. Las cifras sobre sus efectos no pueden ser más divergentes: la Unión Soviética siempre habló de 32 muertos; Greenpeace Rusia asegura que fueron 300.000.

La visita a la central nos hace ponernos de parte, aunque exageren, de los ecologistas. Sobre todo, cuando nos alertan de que Chernóbil no es un asunto cerrado.

Una mujer ucraniana que ha vuelto a su casa de Chernobil Hemos recorrido 110 kilómetros desde la capital ucraniana, Kiev, pasado varios controles, visitado la ciudad fantasma de Prypiat, y conversado con una "ilegal". Una mujer que ha regresado, pese a la prohibición, a morir en la casa donde vivió siempre. Hasta llegar a sólo 300 metros del reactor.

Aquí nuestro medidor de radiactividad se dispara. Y lo haría de modo exponencial si nos acercáramos más. Porque por las grietas del sarcófago siguen propagándose a la atmósfera materiales altamente nocivos. Una encargada de seguridad -la Julia del principio-, reconoce que hasta finales de 2006 la estructura ha estado amenazada de derrumbe. Y que sigue dejando entrar en el núcleo del reactor cantidades peligrosas de agua y polvo.

Hasta que el nuevo armazón proyectado no esté construido, no puede asegurarse que no vuelva a producirse otra reacción indeseada. Por eso, nos dice, hay que confiar en la corporación francesa que asegura lo habrá concluido en 2011. Si no, ¡crucemos los dedos!.

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  • Una de las mascaras repartidas en las aulas ante un supuesto ataque nuclear. Foto: Informativos Telecinco
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