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RUBÉN G.ENEBRAL
20 de noviembre de 2007
Estamos a sólo 50 kilómetros de Chernóbil, en la ciudad más cercana a la dolorosamente famosa central nuclear. Las autoridades desaconsejan comer cualquier producto cultivado en esta tierra contaminada. Y, sobre todo, el alimento considerado como más peligroso para la salud: las setas. ¿Cómo es posible entonces que alguien que conoce de sobra el riesgo lleve en su mano una bolsa para cocinarlas en casa?. La respuesta no puede ser más contundente: también se muere uno de hambre.
Muy cerca, en el mercado de la localidad, vemos centenares de personas comprando hortalizas, pescado o gallinas de la zona. No tienen más remedio. El gobierno ucraniano les da cada mes 2 grivnas y 10 céntimos para adquirir comida no contaminada. Nos acercamos a uno de los puestos, y ese dinero nos llega para un sobre de sopa individual.
La dieta, sumada a dos décadas respirando un aire viciado, explican que en Ivankov siga muriendo más gente de la que nace. Y que tres de cada cuatro de sus habitantes sufran alguna enfermedad relacionada con el accidente de 1986. ¿Cifras infladas?. La doctora Olga Vasilieva nos asegura que no en su sorprendente castellano. "Hay peligro, nos dice, y por eso ningún médico quiere trabajar aquí. Cumplen con los tres años que les obliga el gobierno y se marchan".
En el mismo hospital nos muestran, tras una ventana, al último bebé nacido en Ivankov. Siempre un motivo de alegría. Incluso aquí, donde al pequeño le espera, casi con seguridad, un futuro plagado de enfermedades. Tendrá 10 veces más posibilidades de lo normal de contraer cáncer de tiroides, dolencias cardiacas, estomacales, respiratorias... . Tenemos que dejar de escuchar para poder seguir mirando a la cara al recién nacido.
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