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Corea del Norte o aterrizar en otra dimensión
 La mujer en Corea
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PILAR BERNAL
23 de abril de 2007

Un Antonov impoluto, vestigio vivo de la época de hermandad con la Unión Soviética, serpentea por una pista de aterrizaje en medio de la nada. Casi quince minutos harán falta para llegar al verdadero aeropuerto de Pyongyang, capital de la República Popular Democrática de Corea. Allí una fotografía del Gran Líder, Kim Il Sung, nos recibe con una sonrisa. El fundador de la República Popular Democrática de Corea nos acompañará en este viaje como una presencia constante: en cada palabra de los norcoreanos, en cada edificio que visitemos, en cada obra, el Gran Líder ha estado en todas partes y lo ha logrado casi todo, no en vano ostenta el título de “Presidente Eterno” del Gobierno. La delegación de Telecinco desciende del avión de Air Koryo, donde las sonrisas de las azafatas nos adelantan que estamos en el país de la delicadeza en las formas y de la firmeza en el fondo.

Por primera vez el Líder Kim Jong Il (hijo del Gran Líder Kim Il Sung) ha autorizado personalmente la entrada de un equipo de televisión de España. Su firma, estampada en un papel será el salvoconducto que nos permitirá ir un “poco” más allá en nuestro particular “descubre Corea del Norte”. “Sabe que estáis aquí”, nos advierten nuestros inseparables guías, y “sabe hasta lo que pensáis”.

Por fin vemos la torre de control del aeropuerto. Está oculta por motivos de seguridad, un imperativo constante en Corea del Norte. Con nosotros llegan también unas decenas de turistas que visitan el país por primera vez. La apertura turística hacia el exterior es todavía escasa pero las autoridades quieren potenciar esta industria. El director para Europa del Ministerio de Exteriores, Ri Gwang Hyok, nos dirá que en este sector admiran el buen hacer de España. El turismo es para ellos una manera, relativamente segura, de conseguir divisa extranjera, tan escasa en un país que sufre el férreo bloqueo económico de Estados Unidos.

Prohibido entrar con móviles

El ritual de nuestro equipo continúa al entrar en el edificio del aeropuerto. Tras los controles de seguridad hay que depositar los teléfonos móviles en consigna, no se pueden introducir en el país por las perpetuas razones de seguridad nacional (están en permanente alerta, nos advertirán nuestros cicerones, y por eso no se pueden cometer errores que puedan poner en peligro el perfecto blindaje del país). Los móviles se prohibieron taxativamente tras el accidente que tuvo lugar en 2004 con la explosión de un tren por un escape químico en el que murieron centenares de personas.

Pyongyang aparece a lo lejos. Nos acercamos por una amplia autopista de seis carriles. No hay demasiado tráfico de camino a la ciudad, sin embargo nos adelantan algunos turismos, la mayoría Mercedes que van desde los modelos más antiguos de los años ochenta hasta algún moderno Mercedes Clase A. Los atascos no existen. El Líder Kim Jong Il se topó una mañana con una retención en el centro de la capital y entonces decidió limitar el número de coches de los que disponían las empresas. “Una manera radical pero efectiva de acabar con los embotellamientos”, explican nuestros guías, funcionarios del Ministerio que maneja las relaciones culturales con el exterior.

Son muy pocos los coches que pertenecen a particulares, la mayoría se asignan a empresas o instituciones del Estado. Los pocos turismos privados han sido otorgados por el mismísimo líder a deportistas, artistas o alguna personalidad que haya destacado en su servicio a la Revolución.

La arquitectura soviética

La típica arquitectura soviética diseña el elevado skyline de la ciudad. Hay descomunales edificios y gigantescas construcciones como el Arco del Triunfo de mayor altura del mundo, el hotel (inconcluso) más alto del planeta o el estadio May Day, uno de los más grandes que se conocen, con aforo para 150.000 personas.

La ciudad descomunal (aunque sólo viven dos millones de personas) está partida por el río Taedong, multitud de personas atraviesan los puentes de la ciudad y deambulan de un lado a otro. Es una urbe en continuo movimiento. El ir y venir de bicicletas y peatones, compensa la escasez de tráfico.

Hay colas infinitas para coger los transportes públicos: el tranvía, el autobús, el trolebús o el imponente metro de Pyongyang, todo gratuito. Las colas de gente son, sin embargo, ordenadas marcialmente, la población de este país funciona en la práctica como un ejército.Se trata sin embargo de un ejército con variados uniformes: desde los mil colores que exhiben los vestidos tradicionales de las mujeres que vemos en los edificios oficiales, a la austeridad de los típicos trajes revolucionarios que se pasean por las calles.

No existe Internet

Del negro al gris y del gris al verde militar es el paisaje textil de los jóvenes norcoreanos que se afanan en el Palacio del Estudio. 250 doctores en las más diversas materias atienden las dudas de los que acercan al edificio más grande del país, consagrado al aprendizaje. Aquí además se puede consultar la Intranet norcoreana, un mini-internet a la medida del sistema donde las autoridades van adjuntando información “limpia” que puede servir a los intereses del país.

No existe Internet, tal y como lo conocemos aquí, se considera que la pornografía que inunda la red sería la peor influencia para un país que ha basado precisamente el secreto de su éxito en el aislamiento. De modo que aquí no se conoce la música occidental, ni los estrenos del cine de Hollywood...; el engranaje de protección funciona.

La inmensa estatua del líder Kim Il Sung es nuestra primera parada en la ciudad, casi 30 metros de altura homenajean en bronce al “padre” de la gran familia norcoreana, al “sol” que ilumina el país. Hasta aquí se dirigen cada día centenares de norcoreanos que hacen una ofrenda floral a los pies del líder. El equipo de Telecinco, invitado especial de la República Popular, también cumple con el ritual de aproximarse despacio, con recogimiento y respeto, hacia la estatua para hacer la ofrenda y la reverencia.

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