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La música está viva, sólo se mueren los discos
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IGNACIO ESCOLAR
29 de marzo de 2005

Llega un momento en la vida de un músico de éxito en el que la televisión se convierte en la principal fuente de inspiración. Cuando se vive en las afueras, en una tranquila urbanización donde nunca pasa nada, la tele es casi el único contacto con la realidad. “Y eso se nota en las canciones”, decía un directivo de la discográfica BMG hace unos años. “No hay más que escuchar los últimos discos que sacó Mecano”, esos catálogos de tópicos de interés general políticamente correctos.

Hoy Miguel Ríos se aplica el chiste y publica un artículo en El País (enlace de pago) –que no una canción– inspirado en la realidad catódica. “Hace unos meses, las televisiones del país echaban fuego con la huelga de astilleros”, dice el viejo roquero. “Mientras los trabajadores descuajeringaban un puente, pensaba: lo encabronado que tiene que estar un tipo y el miedo que le tiene que dar un futuro en paro para defender sus derechos de forma tan extrema. Sentí simpatía por su causa”.

Miguel Ríos también está encabronado y quiere defender sus derechos de forma extrema, aunque ya les gustaría a los trabajadores de astilleros tener su futuro o su presente. Y propone una huelga general para combatir a esa hidra, la piratería, que dice está acabando con miles de puestos de trabajo.

Algo de razón no le falta. Es cierto que la industria musical, al igual que los astilleros, está sufriendo una dura reconversión que, como todas, destruye empleo y modelos de negocio. Sin embargo, no es tan grande el desastre como se quiere contar ni tampoco la piratería es la única responsable.

Cierran tiendas de discos en el centro de las ciudades, pero se abren enormes centros comerciales en las afueras, lo mismo que les pasa a las tiendas de muebles con Ikea o a los ultramarinos de barrio con el Carrefour. Los estudios de grabación tienen mucho menos trabajo, pero tampoco les va bien a las empresas de fotomecánica que filmaban las revistas antes de entrar en imprenta. La culpa en ambos casos no es de la piratería: la tienen los ordenadores, que sirven hoy como baratísimos estudios de grabación y evitan procesos a la industria editorial.

Se compran menos discos, pero se multiplica la venta de canciones por Internet y la de DVDs musicales. Y jamás en la historia se ha consumido tanta música en directo. Según datos de la Sociedad General de Autores y Editores, los ingresos por conciertos prácticamente se han duplicado en los últimos cinco años. De hecho, esta entidad de gestión de derechos de autor ingresó en 2004 un 11,9% más que el ejercicio anterior: 300 millones de euros, el record histórico. La música está muy lejos de morir y nunca antes una crisis había sido tan rentable.


La tecnología genera paro y trabajo

La industria musical está muy viva, pero la fonográfica parece condenada a la extinción. Es inevitable que, en pocos años, el CD se convierta en un producto minoritario, como hoy es el vinilo, y las canciones lleguen directamente desde Internet. Es más barato y cómodo para todos. Esa reconversión, de la cual la piratería es más consecuencia que causa, generará que muchos trabajadores pierdan su empleo.

La culpa, como siempre en estos casos, la tiene el avance tecnológico: es el mismo motivo que acabó con las minas de Asturias o con las fábricas de hielo o con los trenes de vapor. El mismo fantasma que provocó el nacimiento de los movimientos obreros enfrentados a la máquina, al telar de algodón, tres siglos atrás. El mismo monstruo que mandó a miles de músicos al paro cuando la invención del fonógrafo sustituyó su puesto de trabajo por un disco de pizarra.

¿Qué hacer en estos casos? Ser solidario. Ayudar a las familias, a los damnificados, buscar nuevas maneras de hacer negocio, reciclar la vieja industria con la ayuda de la nueva tecnología.

La propuesta de Miguel Ríos es muy distinta: “La ministra de Cultura elaboró el borrador de un plan del Gobierno contra la piratería en diciembre de 2004. El plan contemplaba la colaboración de hasta 11 ministerios, nada menos. Yo me pronuncio por ayudar a la señora ministra con una huelga general de silencio que paralice a los trabajadores de la música y su industria, hasta convencerla de que en estos putos tiempos, el único ministerio imprescindible en la lucha por nuestros derechos es el del Interior”.

Traducido: la solución que plantea el roquero es policial. No es la primera vez que se exige mano dura. Se han llegado a pedir cuantiosas multas para los que compren en el “top manta” o los que intercambien canciones por Internet. Pero perseguir a los fans con una porra no parece la mejor manera de salvar a la industria de su futuro. No se salvan los astilleros obligando a la gente, a golpes, a que viaje más en barco. Nadie planteó la prohibición del tren eléctrico para salvar al de vapor. Los músicos, la industria, tienen que darse cuenta de que su negocio es vender música, no discos.

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