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La Iglesia tiene miedo
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Demasiado mayor. Demasiado estricto. Demasiado enfermo. Demasiado relacionado con el Papado de Juan Pablo II. Todos los pronósticos que descartaban por estas razones a Ratzinger en el cónclave han acertado. En cierto modo.

Los cardenales han elegido a Joseph Ratzinger precisamente por esas razones que, según algunos, le invalidaban para el puesto. Los príncipes de la Iglesia han tenido claro desde el principio que su nuevo Rey tenía que ser la persona más cercana al anterior monarca.

No han querido dar un paso arriesgado ni mirar a las zonas del mundo, del Tercer Mundo, donde vive la mayoría de los católicos. No ha habido un Papa latinoamericano ni un Papa jesuita o salesiano.

Han ido sobre seguro, eligiendo al miembro más distinguido de la curia, a un teólogo de convicciones tan firmes que nunca ha permitido la más mínima desviación de la doctrina oficial. A alguien cuya función ha sido, durante tantos años, apuntalar precisamente esa doctrina y castigar a aquellos que se apartaban de ella.

En un mundo en el que la Iglesia Católica se siente cada vez más en minoría, incluso en Europa, los cardenales no han querido experimentos ni tampoco apostar por la carta de la juventud, por un Papa tan joven como lo era Karol Wojtyla en 1978. No importa que no pueda encandilar a los jóvenes con su vigor o espontaneidad. Corren tiempos difíciles para la Iglesia, como bien sabe Ratzinger, y por eso era más importante mantener a salvo la integridad de la fortaleza.

Los cardenales tienen miedo a un mundo que está yendo demasiado deprisa para ellos. Han escogido a Benedicto XVI para que les dé seguridad y mantenga a la Iglesia alejada de las incertidumbres.

La brevedad del cónclave revela que esta vez no hubo dudas, ni empates, ni dos facciones decididas a apoyar a su candidato hasta el final. Es de suponer que la candidatura de Ratzinger arrancó con un alto número de votos (quizá 40 o 50 como apuntó antes del cónclave la prensa italiana), y a partir de ahí, la marea fue imparable.

Los gritos de "santo subito" terminaron de convencer a los cardenales que no estaban seguros. Las miles de personas (representativas de los católicos que siguen la doctrina de la Iglesia) pedían con sus gritos la canonización inmediata de Juan Pablo II y, quizá, algo más: que la Iglesia del siglo XXI no se aparte ni un milímetro de la línea marcada por el Papa polaco.

Algunos cardenales habían dicho en el interregnum que la Iglesia debe acercarse al mundo laico y a otras religiones, y afrontar un diálogo sincero con una cultura contemporánea que tan alejada parece del mensaje de la Iglesia. Otros querían que los obispos y las conferencias episcopales tuvieran más libertad para ejercer su labor sin tener que dar cuentas de todo a los severos rectores de la curia romana.

Benedicto XVI cree ante todo en una Iglesia fuerte, gobernada con mano firme desde Roma y siempre dispuesta a frenar cualquier desviación de la línea oficial, por bienintencionada que sea. Una Iglesia que se mantenga fiel a la doctrina ortodoxa y a la que no le preocupe que la mayoría (de los Gobiernos o de la gente) piense de forma diferente.

Ayer colocábamos en un titular de esta web una frase del Papa alemán que define perfectamente su pensamiento: "Ir a contracorriente y resistir a los ídolos de la sociedad contemporánea forma parte de la misión de la Iglesia".

Sus discursos y libros muestran a un hombre convencido de que la Iglesia está acechada por múltiples y poderosos enemigos. Y ante esos peligros, no vale la falta de coherencia, las dudas o el intento de agradar a los otros.

Su intransigencia en la defensa de sus ideas, y los rivales que se ha ganado en su larga carrera eclesiástica, han hecho que el nuevo Papa tenga una mala imagen en el mundo laico. Se le asocia con el pesimismo y con posiciones reaccionarias. No importa que, como dicen los que le conocen, sea en las distancias cortas una persona humilde y hasta tímida. O que viaje en turista cuando tiene que coger un avión.

Cuando salió al balcón tras su elección, Benedicto mostró algo que no es muy habitual en él: su sonrisa. A partir de ahora, la veremos más a menudo, aunque nunca ocultará, los cardenales así lo esperan, lo que lleva dentro: la capacidad de decir no, tantas veces como sea necesario, para defender a la Iglesia.

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Iñigo Sáenz de Ugarte
Editor informativostelecinco.com