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Festimad: “Me siento maltratada, como hacía tiempo que no me sentía”
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INFORMATIVOSTELECINCO.COM
2 de junio de 2005

Los días pasan pero la gente sigue indignada y denuncia la mala organización en torno al Festimad, se cuentan casos que rozan incluso lo ilegal: “ mucha gente con mascarillas, ¿una nueva moda gótica?. En seguida vimos que eran necesarias a causa de la nube permanente de polvo que levantaba el firme del concierto. A Marilyn Manson le faltaba mucha potencia de sonido. Nos sorprendió el hecho de que no vimos puestos de información, salidas de emergencia, planos de evacuación ni nada por el estilo”.

LA BARRA DEL BAR “PARECÍA UNA COLA DE RACIONAMIENTO DE LA POSGUERRA”

Primero me gustaría poner en conocimiento que he trabajado durante varios años de Técnica de Backline con varios grupos punteros de este país, haciendo giras por el territorio nacional, y que tuve la oportunidad de trabajar en Festimad en el año 98, que se desarrolló en Móstoles.

Es por ello que mi nivel de comprensión y mi paciencia son muy altas cuando se producen fallos técnicos en un concierto. Sé que pueden fallar mil cosas, y fallar en los peores momentos (la ley de Murphy nos persigue en este trabajo), cuando faltan 3 minutos para empezar la actuación, y que, a veces, aunque lo hayas organizado todo correctamente, los imprevistos te sorprenden.

El pasado sábado, acudí con toda la ilusión del mundo a Fuenlabrada, a ver el único concierto que hasta el momento iba a realizar System of a Down en nuestro país. Pedí dos días libres en el trabajo, gasté una buena cantidad de dinero en el viaje, en el hotel de Madrid, en la entrada…es decir, me sacrifiqué de muchas cosas para dedicar dinero, tiempo y esfuerzo a estar allí, aquella noche, que prometía ser una de las mejores noches musicales de mi vida. Y llegué, y me asfixié. Polvo y más polvo. Pero bueno, me dije, es un parque con poca hierba, hay sequía, que le vamos a hacer. Aguantemos. Soy una chica paciente.

Me entró sed. Intenté pedir en un bar, pero en vez de trabajar 10 personas por barra, solo había 4. Después de 30 minutos esperando en una situación que parecía una cola de racionamiento de la posguerra, desistí. Probaría mas tarde. Seguí racionando mi pequeño botellín de agua que llevaba en el bolso. Ni una fuente, ni nada parecido había en todo el recinto.

Me acerqué a los escenarios. Estaba tocando Fumanchu. Me gustaba. Pero de repente, dejaron de tocar. Una tela de la parte superior del escenario se levantaba con el viento. Vale, lo comprendo, puede llegar a ser peligroso. Es cuestión de quitarla, tampoco lleva tanto tiempo.

Queda aún una hora para Incubus, así que hay tiempo de sobra. Me acerco al escenario de Incubus, y me quedo allí de pie, esperando. Total, es un rato. Ese rato pasa, y resulta que hay algún problema más. Y pasa el rato, y el rato, y la falta de información me inquieta. Pero sigo esperando. Y no me muevo, porque hay mucha gente, y desde aquí lo veo bastante bien.

Un tipo de organización sale y habla. No me gusta su tono de voz. No es sincero. No me creo lo que dice. Y emplea un tono muy “de guay”. La gente se indigna ante ello. Que en un rato estará todo arreglado.

Vale. Conozco a la gente que curra atrás. Seguro que están haciendo todo lo posible. Y seguro que tampoco les ha gustado el tono de voz de “su jefe”. Me quedo esperando. Pasa más rato. Casi una hora. Las piernas me están empezando a doler mucho. Y ya solo puedo respirar por la boca. Y sigo racionando mi botella de agua. Antes era dos tragos cada vez, ahora es uno. Delante de mi se marean dos personas. Normal. Yo empiezo a estar cansadísima y deshidratada y llevo en el recinto 4 horas. Imagínate la gente que lleva aquí desde las 2 de la tarde.

Y la espera sigue y sigue y sigue y aquí nadie nos dice nada. Si hay algo que he aprendido trabajando en el mundo de los conciertos, es que tienes que ser sincero. Contar a la gente la verdad. Decirles como está la situación, lo que falla, y cuando piensas que vas a poder arreglarlo. En el fondo, hay mucha gente como yo, con paciencia y comprensión, que notamos cuando se nos dice la verdad, y lo entendemos.

Pero nada, aquí se callan como zorros. Hmm, espera, hay un nuevo aviso. Que todos los conciertos se van a hacer en el escenario de al lado. Vale, buena decisión. Era lo que yo pensaba como mejor solución. Sólo que esa decisión tenía que haber sido tomada 2 horas antes. Y el mismo tipo que antes, añade comentarios graciosos “así veis lo interesante que es ver trabajar a los técnicos”. Claro, todo es siempre más gracioso cuando estas a la sombra del backstage y con tu bebida fría.

Ahora hay que cambiar los instrumentos de escenario, enchufar, ajustar la mesa de sonido, hacer unas pocas pruebas de sonido…vale, en 45min debería de empezar, según mi experiencia.

Decido perder mi buena situación frente al escenario, y voy hacia el bar, porque mi agua racionada empieza a terminarse. Y por el camino, veo lo que está pasando. Gente exhausta, gente cabreadísima, lipotimias, la cruz roja (los pocos que hay, pobres) no dan abasto…. Nos están mintiendo, nos venden que en poco rato todo estará ok, así que la gente no se mueve, y todo empieza a pasar factura.

Y lo entiendo, porque si hay algo que me ha sorprendido en mi observación durante estas horas de espera, es que las drogas tipo cocaína o pastillas, no están presentes como en otros festivales. Hay un buen rollo hippie, la droga mas consumida es el cannabis. De ahí debe surgir la excesiva paciencia con la organización y con todas las injusticias a las que nos están sometiendo, como si fuéramos borregos. Imaginaros si los 25.000 estaríamos puestos de substancias excitantes…

Consigo pedir un botellín de agua y ya es la hora anunciada para empezar. Los técnicos han acabado las pruebas de sonido, han sonado acordes de guitarra, el sistema funciona. Mi experiencia me dice que todo esta preparado para empezar en 5 min.

Vale, voy hacia delante. Son las 12 y media de la noche. A estas alturas, siguiendo el horario, ya tenía que haber visto al motivo de mi viaje de 900km, a mi grupo, a los System.

Me coloco en lejana posición del escenario, pero bueno, ya me da igual. Y espero. Y espero. Y la gente se va a acercando, según lo que nos han dicho esto tenia que haber empezado ya.

Y seguimos esperando. Me siento en el suelo, porque no puedo más. Y eso que sentada corro el peligro de que me aplasten en cualquier momento. La gente que esperamos nos miramos entre nosotros. Suspiramos. Solo veo ojos cansados, tristes, abatidos, derrotados. Miradas perdidas. Cada uno tenemos nuestra historia, nuestro largo viaje para llegar hasta allí, nuestras esperanzas y expectativas, y, esta gente, con su silencio, con su manera de marearnos, de mentirnos, nos está destrozando.

Empiezo a sentir rencor. Y ese rencor va creciendo minuto a minuto. Se convierte en rabia. Y después en RABIA. Con mayúsculas. Me siento maltratada, como hacia tiempo que no me sentía. Empiezan los altercados. Los veo de lejos. No participo, pero tampoco los condeno.

Quizás los hubiera condenado viéndolos desde el sofá de mi casa, pero estando allí, sufriendo allí, pienso que es lo menos que puede llegar a pasar. Y empiezo a asustarme. Somos muchos miles de personas. Si algo mas ocurre, si nos siguen sin decir nada, puede ocurrir una catástrofe. Una avalancha contra nuestros maltrechos cuerpos puede convertirse en un tumulto mortal.

Entre miedo y rabia, decido ir hacia atrás, hacia las puertas. Son las 2 de la mañana. Hablo con un guardia de seguridad. Lo veo de lejos, asustado, sudoriento. Me dice que es horrible. Que si hacían falta 3000 personas para trabajar en un festival así, solo han contratado a 1000 para ahorrarse dinero. Les dijeron que les iban a dar Talkies, pero ni eso. Llevan tres horas llamando y enviando mensajes a los teléfonos de los organizadores (pagando con su saldo particular), pero ninguno contesta.

Y por supuesto, ninguno aparece. Se masca la tragedia. Me dice que ha trabajado en otros festivales, pero que es su vida ha visto algo como aquello. Que tiene mucho miedo, porque en cualquier momento la tensión subirá, y la anarquía total reinará. Me dice que saldrá corriendo.

Hablo con mas trabajadores que se reúnen con nosotros. Todo el mundo está muy asustado. Todos llaman a sus jefes de la organización. Nadie contesta. Me lo ponen tan negro, que decido irme hacia las puertas, por si acaso. Una marea humana está saliendo del recinto.

Me uno a ellos. Parecemos una foto de Robert Capa en plena segunda guerra mundial. Mas bien una de Cartier Bresson. Todos caminando en fila. Mirando al suelo. Algunos suspiran. Otros murmuran y maldicen. Moralmente destrozados. Físicamente destrozados. Humanamente destrozados. Y asustados.

Justo al salir por la puerta del recinto, oigo la megafonía al fondo. “En poco rato empezamos!!” El mismo tipo de antes. ¿De dónde saca su energía? ¿Será que el sí que ha tomado algo más que nosotros?

¿Me lo creo? Son mas de las dos de la mañana. Aun tengo que regresar a Madrid donde tengo el hotel. ¿Vuelvo y espero? Calculo que los System of a Down tocarán sobre las 4 y media de la mañana. Y que hasta las 6 no terminarán. Es demasiado. No voy a poder aguantar tanto.

Si me quedo, creo que acabaré desmayada entre el gentío. ¿Merece la pena? En ese momento sopeso que nada merece la pena como para sufrir en mi misma semejante maltrato. Decido volverme al hotel.

Y las 4 de la mañana estoy en la habitación de mi hotel. Y las lágrimas caen por mi rostro, de rabia, de indignación, de haber dedicado mi tiempo, mi esfuerzo y de que, esas personas, con su mala organización, con sus mentiras, con su silencio, han destrozado mi cuerpo, mi ánimo, mi esperanza, mi alegría. Lleno la bañera de barro mientras el agua de la ducha cae por mi cuerpo y se lleva el polvo. Y sigo con la mirada ese surco marrón que se pierde por el desagüe. Y me siguen cayendo lágrimas.

Gracias por leerme. Tenía que contárselo a alguien.

Virginia Gasull

EL PRIMER CONCIERTO DE MI HIJO

El viernes 27, a las once de la noche, tras un viaje de cinco horas en coche, llegué con mi hijo adolescente y dos amigos al recinto del Festimad Sur. Casi 400 euros por dos días de conciertos. Ya nos habían advertido por teléfono durante el viaje de los graves problemas de tráfico que se habían creado al ubicar el festival en un polígono industrial. Bueno, esas cosas pasan.

Ya en la puerta, tardamos casi media hora en entrar, debido a la estrechez de los accesos y la falta de coordinación de los controles. La primera noche, sello en la mano y tarjeta de plástico al entregar la entrada. A muchos de los que llegaron el sábado NO se les entregaron tarjetas (¿se declararon todas las entradas?). Las tiendas de campaña se apiñaban encima de los caminos de acceso a los escenarios. Una vez en el recinto de conciertos (once y media de la noche del viernes), sorpresa: la carpa central (carpa Heineken) había agotado la cerveza. No se repuso. Los camareros, pocos y agotados tras 14 horas de trabajo (¿contratos abusivos?), languidecían expidiendo las penúltimas botellas de agua.

Más sorpresas: mucha gente con mascarillas; ¿una nueva moda gótica? En seguida vimos que eran necesarias a causa de la nube permanente de polvo que levantaba el firme del concierto (¿insalubridad?). A Marilyn Manson le faltaba mucha potencia de sonido. Nos sorprendió el hecho de que no vimos puestos de información, salidas de emergencia, planos de evacuación ni nada por el estilo (¿incumplimiento de la normativa de seguridad?). Parece ser que la Sra. Ministra de Cultura estaba allí: ¿no vio nada de lo que yo vi?

El sábado el número de gente acumulada en el recinto de conciertos doblaba, fácilmente, el de la noche anterior. No sólo se había agotado la cerveza: tampoco se podía conseguir agua, a pesar de que se seguían vendiendo tickets para bebidas.

Los dos famosos Toyotas resplandecían sobre sendas plataformas a una altura de unos tres metros en medio del aforo ¿A quién se le ocurre? Tras hora y pico de silencio, uno de los organizadores aparece en el escenario con una flagrante falta de respeto y nos invita, literalmente, a contemplar el espectáculo de los técnicos bajando el techo durante veinte minutos.

Ya lo creo que fue un espectáculo: al menos seis personas jugándose la vida sin ningún tipo de protección o sujeciones, encaramados a los andamiajes y trabajando contrarreloj, descolgando las estructuras de iluminación sobre el público… un espectáculo que duró cuatro horas, con la incertidumbre de la suspensión del concierto. Si era cierto que el viento era suficiente para afectar al escenario, lo lógico era suspender y evacuarnos, digo yo. ¿Cómo? No parecía posible. Tampoco justificar la suspensión tras cuatro horas de espera… Todo tenía muy mala pinta. La gente estaba agotada y deshidratada, muchos llevaban dos días acampados allí en condiciones infrahumanas.

Estábamos en el centro del recinto. La seguridad era nula. La opinión más extendida, que lo mejor sería largarse y dejarlos plantados, que los grupos salieran y no hubiera nadie, dejar en evidencia a los organizadores.

Tras tres horas de espera sin explicación alguna, el público expulsó a la gente de la tribuna de invitados y tomó las barras, desmontó las carpas de los patrocinadores y bajó y destrozó los famosos Toyotas. Incluso se les prendió fuego. Nadie intervino, el personal de la organización, el de seguridad, etc. abandonó el recinto. La policía esperaba en la puerta. Todo eran rumores y algunos gritos colectivos.

Tuve mucho miedo. Los grupos salieron, tocaron, y la gente disfrutó el concierto. La Cruz Roja sólo atendió desmayos y cortes superficiales. Ni un herido de consideración, nada. El comportamiento del público fue ejemplar. Traten de imaginar un abuso semejante a los espectadores de un partido de fútbol, por ejemplo.

Era el primer gran concierto de mi hijo. ¿Qué pudo ver? Que una banda de empresarios, políticos y periodistas sin escrúpulos pueden coger a 40.000 jóvenes ilusionados y explotarlos, estafarlos, jugar con su vida, su seguridad y su salud y, al día siguiente, publicar unánimemente que son unos vándalos. Ejemplar, sí señor.

Maria Álvarez Rilla.

AL FINAL LOS CONCIERTOS DIERON LA TALLA

Suscribo totalmente lo que dice Ricardo González en su carta a la redacción de Informativos Telecinco. Aquello fue una vergüenza, la organización un desastre y la ubicación terrible. Pero al menos tengo que decir que para los que pudimos ver conciertos como el de System of a down dieron la talla, y con creces. Me río de los que decían que este festival estaba a la altura de los grandes de Europa y como sigamos así solo conseguiremos que los grandes grupos de Metal no venga a tocar a este país de chapuceros.

Xoxé Manuel Montero Montes, Asturies.

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Cartel de la edición 2005 del Festimad.
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