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Cómo vivir fuera de la Tierra
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IGNACIO ESCOLAR
19 de julio de 2005

En 1969, tras la primera visita del hombre a la Luna, la cadena hotelera estadounidense Hilton anunció a bombo y platillo que, para mediados de los 80, estaría en funcionamiento el “Moon Hilton”, el primer hotel fuera de la Tierra. Las previsiones, entonces, no parecieron descabelladas y miles de personas corrieron a cerrar sus reservas para pasar unas vacaciones a 384.000 kilómetros de la Tierra: una auténtica "luna de miel".

Castillos en el aire: Estados Unidos, en la campaña de propaganda más cara de la historia, consiguió mandar una docena de hombres hasta nuestro satélite, se trajo unos 360 kilos de roca de recuerdo y colocó una banderita en el mar de la tranquilidad. Y ahí quedó todo. Treinta años más tarde, no hay domingueros en la Luna.

De hecho no hay nadie que haya pisado su inmaculada superficie, ni la de ningún otro cuerpo celeste, en décadas. ¿La razón? Es tremendamente caro y complejo, y los presupuestos para la carrera espacial –una vez terminada la Guerra Fría– no han vuelto a ser lo que eran.

Uno de los problemas es cómo crear una base autosuficiente capaz de dar cobijo al hombre sin la ayuda de suministros externos

Pero no hay que ser pesimistas. Hemos colonizado desiertos y montañas. Somos el único ser vivo capaz de sobrevivir en todos los paralelos de nuestro planeta: desde el ecuador hasta el polo. Cruzar la última frontera, colonizar el espacio, es un objetivo que podrá demorarse unos pocos años o unos cuantos siglos, pero pocos dudan de que nuestro futuro está ahí fuera.

Los caminos para salir de nuestra cuna terrestre, sacar la cabeza de la Tierra, son varios y, sobre el papel, están más o menos claros. El primer paso, la vida en estaciones orbitales, ya ha sido dado. Casi interrumpidamente desde hace dos décadas, los astronautas han habitado primero la Mir soviética y después la Estación Espacial Internacional.

Aunque su papel en la conquista de las estrellas es crucial, las estaciones orbitales no pueden ser definidas propiamente como colonias en el espacio: no son autosuficientes. Estos enormes satélites habitados dependen de las visitas periódicas de cohetes de carga con suministros –comida, oxígeno, agua– para sus habitantes.

Una verdadera colonia espacial, como las que sueñan los escritores de ciencia ficción desde los años 30, debería ser completamente autónoma de la madre Tierra: un ecosistema propio capaz de autoregenerarse y alimentar a sus habitantes. Aunque en teoría este tipo de naves son posibles, los experimentos para desarrollar burbujas autónomas han sido hasta ahora frustrantes.

El intento más ambicioso hasta la fecha fue el proyecto “Biosfera 2”. Consistía en recrear, bajo una serie de cúpulas de cristal en medio del desierto, un ecosistema aislado capaz de generar todo lo necesario para soportar la vida humana: desde oxígeno hasta agua y comida.

Biosfera 2
Edificios del proyecto Biosfera 2, en Arizona.


El experimento de Biosfera 2 no era muy distinto al argumento de algunos programas de televisión como Gran Hermano. ¿Pueden sobrevivir ocho personas, cuatro hombres y cuatro mujeres, en un espacio autosuficiente durante dos años?

El proyecto arrancó el 26 de septiembre de 1991 y los biosferianos habitaron los 12.000 metros cuadrados (204.000 metros cúbicos) de estas instalaciones durante dos años. Sin embargo, la instalación no fue capaz de dar cobijo a sus habitantes de forma autónoma, tal y como pretendía probar el experimento. Hubo que inyectar oxígeno desde el exterior, ya que el nivel de dióxido de carbono se disparó por encima de las previsiones.

Biosfera 2 La convivencia de los biosferianos tampoco fue nada fácil. Hubo peleas por la comida y apenas quedó tiempo para los experimentos científicos, ya que tuvieron que dedicar la mayor parte de los dos años a luchar por sobrevivir y mantener los sistemas en funcionamiento.

Ahora mismo la espectacular instalación está en venta y es probable que acabe convirtiéndose un parque de atracciones o en un estudio de televisión. Pero muchos teóricos mantienen que este sistema es viable y que en el futuro se podrá construir un hábitat artificial totalmente autónomo.


Colonias espaciales

Aunque los detalles técnicos sobre cómo soportar una colonia habitada en el espacio distan mucho de estar resueltos, los científicos ya tienen claro dónde colocarlas. Las actuales estaciones espaciales se sitúan, como los satélites artificiales, en órbita sobre nuestro planeta. Bastan unos pequeños empujoncitos por medio de cohetes de cuando en cuando para asegurarse que no caerán sobre la Tierra.

Sin embargo para las colonias espaciales autosuficientes, mucho más grandes y pesadas, el lugar ideal es aquel en el que la fuerza de la gravedad de la Tierra, la Luna y el Sol se anulen unas a otras: los “ puntos lagrangianos. Cualquier objeto colocado adecuadamente en estos puntos permanecerá indefinidamente en el espacio, sin caer hacia ningún cuerpo celeste.

Estación espacial MirOtro de los problemas para las colonias espaciales es cómo construirlas. Para llevar hasta el espacio las 460 toneladas que pesa la Estación Espacial Internacional cuando esté terminada –aún se encuentra en construcción y acumula retrasos por el desastre del trasbordador espacial Columbia– harán falta 44 lanzamientos y miles de millones de dólares.

Su tamaño, sin embargo, es ridículo al lado del que sería necesario para una colonia espacial autosuficiente. Harían falta decenas de miles, tal vez millones, de lanzamientos para sacar de la Tierra el material necesario para construir estas gigantescas plataformas espaciales.

Además de ser económicamente inviable, se correría un serio riesgo de dañar la atmósfera terrestre con la contaminación producida por el combustible de los cohetes", asegura Al Globos, un experto de la NASA. Hasta que no encontremos otro sistema más barato y ecológico para conseguir la velocidad necesaria para escapar de la gravedad terrestre, la única solución pasa por obtener la mayor parte de los “ladrillos” de otros cuerpos celestes: de los asteroides o de la Luna.


Hormigón lunar

Nuestro satélite, según los expertos, puede ser la llave que nos abra las puertas del cielo. Su menor fuerza gravitatoria permitiría lanzamientos mucho más baratos, en dinero y en combustible, de lo que cuestan desde la Tierra. Pero para colonizar el espacio desde la Luna, primero hay que conquistar nuestro satélite: de nuevo, el problema del material.

Construir una base permanente en la Luna costaría más de 72.000 millones de dólares

A principios de los 80 la NASA hizo cuentas sobre lo que costaría una estación espacial sobre la Luna. Para construir una con forma de esfera truncada de 40 metros de diámetro y 20 de altura -una base mínima- serían necesarias más de 1.000 toneladas de cemento, 300 de hierro y 330 de agua. La factura: 72.000 millones de dólares de los de entonces, resulta impagable hoy en día y, probablemente, lo seguirá siendo durante mucho tiempo. Además, esta base lunar tendría que ser capaz de aguantar las duras condiciones que impone nuestro satélite: radiación cósmica, lluvia de meteoritos y cambios bruscos de temperatura.

Para solucionar estos problemas, la NASA creó en 1986 el Comité de Hormigón Lunar, y encargó varios estudios con el objetivo de obtener todo el material para la base lunar, o por lo menos una gran parte, directamente del suelo marciano. Uno de los ingenieros, T. D. Lin, consiguió fabricar un resistente hormigón -que cumplía todos los requisitos necesarios- a partir de ilmenita, un material abundante en nuestro satélite. Al calentarlo a 800 grados centígrados en una atmósfera de hidrógeno, se obtiene hierro, titanio y agua.

Un astronauta de la NASA El único problema para fabricar el "cemento lunar" es obtener el hidrógeno y la energía necesaria para alimentar esta reacción química. La solución, en el polvo lunar que cubre nuestro satélite: el regolito. De cada tonelada de regolito se puede obtener un kilo de hidrógeno, una cifra que no es pequeña si se aprovecha el proceso para obtener otra serie de materias primas. La energía necesaria se podría conseguir directamente del sol por medio de células fotovoltaicas, mucho más eficaces en la Luna que en nuestro planeta ya que allí la energía solar no se ve entorpecida por ninguna atmósfera.

Todos estos planes, que hoy en día rayan el límite entre lo posible y la ciencia ficción, se quedan cortos al lado de otras ideas todavía más ambiciosas para llevar a la humanidad hasta las estrellas. Desde los años setenta, los científicos especulan con la posibilidad de colonizar otros planetas del sistema solar con un sistema radicalmente distinto al de llevar un pequeño hábitat "encapsulado" bajo cúpulas: la terraformación.

Sigue leyendo la segunda parte del reportaje.
Terraformación: un vergel en Venus o en Marte

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