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¿Quién elige los nombres de los huracanes?
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BELÉN TOLEDO
12 de julio de 2005

Desde el 1 de junio hasta el 30 de noviembre de cada año, es temporada de ciclones en el Caribe. Aprieta el calor, el agua se calienta y se levantan las iras del clima. Cada año, puntualmente, las pantallas de todo el mundo se llenan de vientos huracanados y de chabolas destrozadas a su paso. Los medios de comunicación de la zona informan al detalle sobre cada uno de estos fenómenos. Son tan habituales, ellos y sus tragedias, que hasta tienen nombre propio.

Los meteorólogos se encargan de bautizar a los ciclones, pero no lo hacen al azar ni eligen el nombre que más les gusta. Lo toman de una lista que la Organización Metereológica Mundial (OMM) elabora cada seis años.

Normalmente, es el Centro Nacional de Huracanes de EEUU, en Miami, el que hace el seguimiento de las tormentas, da la voz de alarma cuando una de ellas se ha convertido en huracán y le pone el nombre que le corresponde según la lista de la OMM.

A partir de ese momento, todos los medios de comunicación de la zona informan sin parar sobre el ciclón, ante el interés y el terror que despierta entre la población.

Cada año, hay un nombre de huracán por cada letra del abecedario. Cuando un ciclón es especialmente destructivo, como por ejemplo lo fue Mitch, ese nombre ya no se vuelve a utilizar. Los nombres que se han elegido para los ciclones de 2005 son:

Pacífico

Atlántico

Adrián

Arlene

Beatriz

Bret

Calvin

Cindy

Dora

Dennis

Eugene

Emily

Fernanda

Franklin

Greg

Gert

Hilary

Harvey

Irwin

Irene

Jova

José

Kenneth

Katrina

Lidia

Lee

Max

María

Norma

Nate

Otis

Ophelia

Pilar

Philippe

Ramón

Rita


Fuente: Servicio Nacional de Estudios Territoriales de El Salvador

Los nombres de hombres y mujeres para los huracanes se usan desde 1979, pero la costumbre de identificarlos para informar mejor sobre ellos, y para recordarlos con facilidad, viene de siglos atrás. Hasta finales del XIX, la costumbre era llamarlos según el santo del día en que resultaban más destructivos, y hasta mediados del siglo XX se usaron sólo nombres de mujer.

Sea a través del nombre del santo del día, de mujeres o de hombres, la práctica de personalizar los huracanes va más allá del afán de los meteorólogos de informar con claridad sobre el peligro de los vientos. Se trata, además, de la vieja necesidad humana de explicar la naturaleza, de acercarla, de comprenderla y de dominarla a través del lenguaje.

Los hombres buscan el consuelo ante una tragedia contándosela a sí mismos y a las generaciones venideras, como si el peligro se pudiera conjurar a través del relato de lo sucedido. Como si a través del nombre se pudiese culpar a alguien de la catástrofe.

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