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¿Menos privacidad, más seguridad contra el terrorismo?
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IGNACIO ESCOLAR
11 de julio de 2005

Antes de los atentados del 11-S, cuando los servicios de inteligencia estadounidenses querían impresionar a un senador le mostraban las grabaciones telefónicas de Osama Bin Laden hablando con su madre. Toda esta espectacular tecnología de escucha no sirvió de mucho.

Bin Laden descolgaba el teléfono para conversar con su familia. Pero cuando se trataba de organizar un atentado, el líder de Al Qaeda no usaba alegremente su móvil: enviaba a un emisario.

La policía no es tonta, pero los terroristas tampoco lo son.

Es cierto que, frente a esta anécdota, hay cientos de ejemplos donde los pinchazos telefónicos han salvado vidas. Sin embargo, una cosa es espiar el número de teléfono del terrorista más famoso de la historia y otra controlar las comunicaciones de todos los europeos, como ahora ha planteado el Gobierno inglés.

El ministro de Interior británico, Charles Clarke, quiere obligar a las empresas de telecomunicaciones a que guarden los registros de llamadas de teléfonos y conexiones a Internet de sus clientes durante un periodo de entre uno y tres años. Su idea se debatirá este miércoles en el Parlamento Europeo, que ya ha rechazado en otras ocasiones propuestas similares.

Según Clarke, no se trata de espiar el contenido de las conversaciones telefónicas sino de guardar los datos de las horas y los números de las llamadas o los mensajes SMS. Las compañías telefónicas conservan esos datos durante un tiempo para las facturas Esos registros fueron muy útiles a la Policía española para detener a los responsables del 11M, aunque parece difícil que en un nuevo atentado los terroristas caigan de nuevo en el mismo error.

En el caso de Internet, no está tan claro que esa información sirva para algo ni es tan sencilla de guardar. La propuesta de Clarke no consiste tampoco en espiar el contenido de todos los correos electrónicos.

Lo que pretende el Gobierno inglés es que los proveedores de acceso a Internet guarden los registros de las conexiones de sus usuarios y los destinatarios de sus correos electrónicos. Con esos datos, se podría saber que páginas se visitan desde cada conexión a Internet o a que dirección se escribe desde una determinada cuenta de correo.

Sin embargo, estos sistemas son muy sencillos de evitar. Existen decenas de webs como esta que ofrecen servicios de navegación o correo electrónico anónimo. Son páginas que permiten navegar por la Red de forma anónima y opaca: la información se transmite a través de servidores que actúan como si fuesen repetidores a la vez que borran el rastro.

También basta con salir a la calle con un ordenador portátil y engancharse a la primera red de Internet inalámbrica que aparezca. En el centro de cualquier ciudad europea hay cientos de ellas que no requieren ningún tipo de identificación para conectarse. Cuando la policía busque el origen de la conexión, la pista se perderá en ese punto.


Un archivo caro y delicado

Para las compañías de Internet, conservar durante meses un archivo como el que propone el Reino Unido supondría un coste tremendo, mucho mayor que el de las compañías telefónicas ya que tendrían que almacenar y proteger muchísimos más datos.

Cada vez que pasamos de una página a otra, con cada clic de ratón, es como si hiciésemos una llamada de teléfono a un número, al número de la página web en cuestión. Durante una hora de navegación de un único internauta, se genera un registro de cientos de líneas.

Además, el archivo de las páginas que visitamos es una información aún más sensible para nuestra privacidad que el de nuestras llamadas telefónicas. Con ellos, se pueden conocer detalles sobre los gustos sexuales, los hábitos de consumo o las tendencias políticas de una persona. Y no sería la primera vez que un fallo de seguridad informática permite que un hacker fisgón consiga este tipo de datos.

Antes de cambiar libertad por seguridad, lo mínimo es preguntarse a qué renunciamos y si servirá para algo.

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Ignacio Escolar es coordinador de Informativostelecinco.com.