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El gran hermano en la Embajada española
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PILAR BERNAL / Bagdad (Iraq)
13 de noviembre de 2007

Decenas de cámaras de seguridad ven pasar la vida más allá de las fronteras de la Embajada española, son las únicas ventanas, a través de las cuales los geo pueden mirar lo que sucede fuera, un paisaje en blanco y negro que siempre genera desconfianza.

La sala de control de cámaras está activa 24 horas al día y siempre hay dos hombres vigilando. En los últimos meses tres empleados iraquíes de la Embajada han sido asesinados. “La violencia ya no sólo nos afecta porque se viva fuera sino que también la sufrimos nosotros aquí dentro, directamente”, el embajador Ignacio Rupérez se estremece al recordar como dos empleadas domésticas de la delegación española fueron tiroteadas; lo mismo que un administrativo que desapareció a finales de junio y cuyo cuerpo todavía no se ha encontrado.

La Embajada se encuentra en lo que los norteamericanos denominan “zona roja” de Bagdad, un lugar expuesto a los ataques de la insurgencia y fuera de la llamada “zona verde”, la fortaleza más o menos segura donde se parapeta el Gobierno de Iraq y las tropas de ocupación estadounidenses.

Desde la terraza de la sede española se ve la que Sadam Husein bautizó como la “madre de todas las mezquitas” una monstruosa construcción que no llegó a concluirse y que hoy es el refugio perfecto para los insurgentes.

La amenaza de los francotiradores

Allí, a unos pocos metros de donde se encuentran los españoles, se ocultan francotiradores como una amenaza constante. Los verdaderos momentos de peligro se viven, sin embargo, en los traslados; moverse en Bagdad es una lotería y por eso la consigna que siguen los geo es hacerlo con máxima rapidez. El convoy de coches blindados en los que se traslada a los diplomáticos vuela por las calles de la capital; lo que desde fuera puede parecer una conducción temeraria es en realidad la única forma de minimizar riesgos. “Cuando estás fuera eres vulnerable por eso hay que hacer los traslados de la manera más rápida posible” afirma el subinspector de policía a cargo de los geo iraquíes.

La sirena avisa de que el convoy se acerca y los resignados conductores iraquíes se apartan de la carretera para que pasen los extranjeros. “Últimamente han cogido más confianza y no se apartan tanto, es normal que estén cansados, pero para nosotros es mucho más arriesgado quedarse parado por un atasco” añade el subinspector.

La noche no existe

Cuando empieza a caer el sol hay que estar en casa porque la noche es el mayor aliado de los insurgentes y la mayor amenaza para la seguridad de los españoles. “Es muy raro que hagamos una salida cuando no hay luz porque es muy peligroso” relata el embajador, “no existe toque de queda oficial pero lo cierto es que nadie sale por la noche, es como si lo hubiera”.

Y antes de que empiece a caer el sol atravesamos de nuevo la maraña de muros y alambradas para volver al bullicio de las calles de Bagdad “Son increíbles estos chicos, tienen una madurez profesional admirable”, explica Ignacio Rupérez, y Javi, Alfredo, Jose o Rubén se sonríen y aprietan el acelerador, y en silencio siguen contando los días que les faltan para volver a España.

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