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MONCHO VELOSO
4 de noviembre de 2007
Bono, líder de la banda irlandesa de rock U2, ha despertado pasiones y levantado aplausos en todo el mundo por su compromiso con la causa humanitaria en África. Sin embargo, sus palabras suenan mansas al lado de las del corrosivo 'frontman' de los ya separados punkis de The Dead Kennedys: Jello Biafra. Desde esa ruptura, en 1986, es solista, orador, activista político y cuenta con su propio sello discográfico, 'Alternative Tentacles'.
Ya en 1979 demostró su interés por la política —eso sí, de forma coherente con sus formas— presentándose a las elecciones municipales de San Francisco, quedando cuarto de entre diez candidatos. En su programa se incluían propuestas tan desternillantes como que los ejecutivos tendrían que vestirse de payasos para ir a sus oficinas.
Posteriormente, en 2000, se postuló como uno de los cuatro candidatos del Partido Verde para las presidenciales. Pero la cosa no fue a más.
Carteles de su candidatura a la alcaldía. Foto: Contraindicaciones.
Su propio nombre artístico, el de su antigua banda y su activismo político son parte de la actitud controvertida que Jello Biafra —apodo artístico de Eric Reed Boucher — ha mantenido a lo largo de su carrera.
Su programa político
En medio de la marejada electoral norteamericana, Tony Taylor, periodista del tabloide británico The Guardian, ha publicado el "manifiesto por el cambio" de este agitador social que ha venido basando su desobediencia civil en el uso de tácticas mediáticas e impactantes.
Preguntado por los actuales candidatos a la Casa Blanca, Jello Biafra no se muerde la lengua: "Que les den a todos". El diario británico se pregunta entonces en qué se diferencia él de ellos. Y Biafra va exponiendo sus ideas.
Retirar las tropas de Iraq, acercarse a Hugo Chávez y reducir con él las hostilidades, legalizar el consumo de drogas —dice que las probó casi todas, pero que ahora las detesta—, establecer un sistema de elección popular de los cuerpos policiales o establecer un salario máximo son algunas de sus propuestas, algunas más bizarras y utópicas que otras.
Otra, que se evite la perpetuación del presidente en su cargo. Se podría "seguir el ejemplo de un líder mundial que realmente admiro, el Papa Juan Pablo I. Llegó a la cima y murió treinta días después. Quizá es los que deberíamos hacer con la oficina del presidente. 'Bien, puedes ser presidente, pero a los 30 días fuera'", dice.
Nixon estrechó la mano a Elvis en el Despacho Oval; Jolle Biafra llama a la puerta para cambiar las cosas. Quién sabe. El sueño americano no entiende de límites.
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