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ÁLVARO GONZÁLEZ
16 de Octubre de 2007
Los niños españoles y portugueses son los más sedentarios de Europa, un fenómeno que lleva asociado el aumento progresivo de la obesidad infantil y la aparición de enfermedades como la diabetes o trastornos cardiovasculares a edades tempranas, algo impensable no muchos años atrás. Nuestros lectores comparten su asombro e indignación y aportan su visión, experiencia y conocimientos.
¿Habría que sancionar a las empresas que introducen en la alimentación preparada más grasas de las necesarias?
Hay división de opiniones en este punto. Gemma Vaello cree que si las empresas quieren ganarse la confianza del consumidor tendrán que apostar por una alimentación más sana. Pero Nela van den Brul se inclina por asumir que tienen derecho a fabricar lo que les venga en gana, pero que son los consumidores quienes han de ser responsables con lo que compran.
También hay varios lectores que apuntan en una misma línea: la información. Jaume Moya entiende que la obligación de la empresa es informar de forma clara y entendible al consumidor de qué está hecho su producto para que el cliente pueda escoger según sus necesidades. Del mismo modo que Antonio José Quero advierte que muchos productos se jactan de tener calcio o vitaminas, pero doblan o triplican el límite de azúcar establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS)
2- ¿Cuál es el papel y la responsabilidad de los padres en la alimentación de sus hijos?
Las respuestas a esta pregunta han sido unánimes. Los padres son culpables. No hay excusa posible, ni la publicidad ni los colegios, todos los lectores señalan que la responsabilidad última es de los padres. Sonya Tebart dice que al final es el padre y no otro el que le compra la comida al niño.
Tere, por su parte, aboga por enseñar al crío a desayunar y denuncia que muchos padres son muy cómodos y no se levantan con tiempo para poner de su parte y que el hijo adquiera este hábito. Exactamente igual opina Yolanda Alcalde, según ella para los padres es más fácil ponerles en la mesa lo que les gusta y que se acaben el plato que educarles el paladar, que también se educa.
3- ¿Y el papel de las autoridades públicas?
Pablo López subraya el papel de garante de los poderes públicos, que deberían preguntarse si lo que comemos es saludable o no, ya que lo que se come es una cuestión de regulación.
 Elena Salgado, ex ministra de Sanidad y Consumo
4- ¿Qué efecto tiene la publicidad de alimentos precocinados e hipercalóricos en los niños?
Lo cierto es que esta cuestión tampoco puede separarse de la figura de los padres. Dependiendo de la educación que den a los hijos, la publicidad tendrá un efecto u otro. Por ejemplo, Alfredo Rico presume de haber podido razonar con sus hijos y hacerles entender que la publicidad de esos productos es un monstruo que se ríe y toma el pelo al niño, y así ha logrado que lleven, sin disputas, una alimentación adecuada, todo ello aun sabiendo lo agresivo y descarado que resulta la publicidad de esas empresas que venden basura para niños.
Emilia Rebollo, por otro lado, insiste en que frente a los esterotipos y costumbres extranjeras que nos tratan de imponer mediante la publicidad, lo que hay que hacer es ensalzar y difundir nuestra dieta tradicional y nuestras costumbres, como comer cinco veces al día, que es la forma óptima de nutrición según los expertos.

Finalmente, Nuria F.B. centra sus críticas en la vida sedentaria. Según explica, antes los niños comían igualmente chucherías y bollos, sin embargo, lo quemaban con ejercicio físico, jugando en el parque, con el fútbol, la comba, carreras o la bici, entre otros, prácticas que han quedado relegadas a la asignatura de Educación Física, que se imparte por obligación y a la que los niños asisten a regañadientes. De modo que, sentencia, contra la obesidad infantil el principal problema es la ausencia casi total de movimiento: para que el corazón se mantenga vivo, debemos movernos.AGE
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