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El general que no sabía de lo que hablaba
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9 de enero de 2006

Un clásico de los ochenta. Vuelve el ruido de sables, o una versión menos peligrosa y más ridícula. Un teniente general se va de la boca y paga por ello. ¿Qué es peor? ¿Que haya aún militares que no saben leer la Constitución o que sus exabruptos encuentren un apoyo poco disimulado en algunos medios de comunicación?

José Mena Aguado amenazó con una intervención del Ejército si el futuro Estatuto catalán supera los límites impuestos por la Constitución. Se refería al muy repetido artículo octavo de la Carta Magna que asigna a las Fuerzas Armadas la misión de "garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad y el ordenamiento constitucional".

Treinta años de democracia han pasado y algunos militares (y no pocos periodistas) aún siguen leyendo la Constitución como si fueran contemporáneos de Narváez y Prim. Todas las instituciones tienen la obligación de cumplir y hacer cumplir la Constitución, pero la defensa de su integridad reside en el organismo que se creó para tal fin, el Tribunal Constitucional. No lo llaman así por nada.

Está compuesto por un grupo venerable de señores y señoras con amplios conocimientos en derecho. No sabrían cómo empuñar un arma ni tomar una colina, y ni falta que les hace. No están todo el día hablando del honor de su profesión, pero eso no quiere decir que sean gente sin principios. Su arma es el derecho, y no los tanques, porque la democracia tiene más posibilidades de sobrevivir si se basa en lo primero que en lo segundo.

La defensa de la integridad de España encomendada a las Fuerzas Armadas no es ningún rescoldo del franquismo ni una puerta oculta para poner los tanques en la calle. Es la misma función que tienen los militares en todos los países, la de defender la nación ante cualquier agresión externa a las fronteras, y también interna, si se da el caso, realmente poco probable. En la historia de la guerra, lo primero abunda más que lo segundo.

Todo lo demás, incluidas las leyes delirantes, compete a las instituciones elegidas por los españoles, el Parlamento y el Gobierno, además de a la vigilancia que administran los tribunales de justicia.

Y se acabó. Insistir en lo que hay tras las palabras de Mena es dar pábulo a las viejas tentaciones golpistas que solían esconderse tras la pregunta: ¿y el Ejército qué va a hacer? La respuesta es la de siempre: nada, excepto estar preparado para cumplir las órdenes que pueda recibir del Gobierno.

Hay periodistas y opinadores profesionales que han encontrado en ese discurso munición pesada para dirigirla contra Zapatero, Bono o ambos. No tiene por qué ser censurable. Alguna responsabilidad tiene el Ministerio de Defensa en permitir que el alto mando militar aún no haya comprendido las limitaciones que el Estado democrático impone a los uniformados.

Tampoco debe escandalizar que gente como Juan Manuel de Prada afirme en ABC que “empiece a dar vergüenza llamarse español” por el trato recibido por Mena y el “silencio cobarde de sus conmilitones”. Mientras todos los demás vamos adaptándonos al siglo XXI ni Prada ni su prosa han abandonado aún el XVII.

Lo que sí da algo más de pena es ver a periodistas que ya pasaron por los tiempos agitados de finales de los 70 y principios de los 80, como González Urbaneja, escuchar con simpatía la vieja melodía golpista tarareada por el general Mena. A estas alturas, habría que esperar de ellos una defensa más enérgica de algo que estaba muy en boga entonces (la supremacía del poder civil sobre el militar) y que casa mal con la idea de un Ejército que puede tomar medidas por su cuenta si los políticos no están a la altura de las circunstancias.

Dice Urbaneja que “cuando un general serio habla es por algo, tiene un significado que conviene atender en lo que vale”. No sabía que los generales “serios” tenían carta blanca para ir más allá de lo que la Constitución permite. Parece que algunos periodistas no se han quitado de encima la fascinación por los uniformes. Aún siguen pensando que llevar uno puesto es sinónimo de honor y sobriedad. ¿Qué habrán hecho las demás profesiones para no tener derecho a tan altas distinciones?

MÁS INFORMACIÓN

Texto íntegro del discurso del teniente general Mena.

“Un general en el fango”, de Juan Manuel de Prada, en ABC.

“Comentario del general”, de Fernando González Urbaneja, en 20 Minutos.

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Iñigo Sáenz de Ugarte
Editor de Informativostelecinco.com
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