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Coca Cola y el agua: el poder de las multinacionales frente al poder de Internet
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BELÉN TOLEDO
19 de octubre de 2005

Coca- Cola está acusada de robar agua, Nestlé de engañar a las madres africanas con su leche en polvo, a la farmacéutica Merck le reprochan hacer oídos sordos ante los peligros para la salud que presentaba uno de sus antiinflamatorios. El fantasma de la esclavitud infantil pesa sobre las grandes cadenas de venta de ropa y hay quien denuncia a las eléctricas de mentir con la etiqueta de energía limpia. Las multinacionales siempre están bajo sospecha y son las ONGs, a través de Internet, las que se ocupan de movilizar a los consumidores contra ellas.

Hoy toca en Toronto y el miércoles en Ottawa. A lo largo de todo el mes de octubre, el Doctor Sandeep Pandey recorrerá más de 20 ciudades de Norteamérica, visitará universidades y dará conferencias sobre Derechos Humanos en la India. Uno de sus temas estrella será Coca Cola: denunciará que la multinacional explota los acuíferos del Sur para vender agua embotellada en el Norte y la acusará de derrochar agua en la fabricación de sus bebidas.

El Dr. Panley y su lucha contra la empresa de refrescos más poderosa del mundo es un ejemplo de cómo las ONGs se organizan y se enfrentan a las grandes empresas. Este activista indio hablará para un público norteamericano que le conoce a través de Internet, a él y al resto de las organizaciones que vigilan los movimientos de Coca Cola en la India. Es fácil encontrarles: basta con teclear en Google la marca comercial de una multinacional y, además de su página corporativa, saltarán a la pantalla sus críticos. Más abundantes y mejor organizados cuanto más grande es la compañía.

Además de Internet, el auge de la lucha social en nuestros días se explica por la globalización: las preocupaciones de un activista indio cada vez se parecen más a las del militante de una ONG norteamericana. La escasez de agua potable, el sida, el cambio climático o la precariedad laboral no amenazan a un país ni a una región, sino a la mayoría de los habitantes del planeta. Las ONGs culpan de casi todo a las grandes empresas y para combatirlas se convierten en una espesa malla digital en la que propuestas de boicot y convocatorias varias tienen eco inmediato.



Logo campaña mundial

La organización Public Citizen ha montado una campaña para defender el derecho de todos a disponer de agua potable. Ésta es la imagen que circula por Internet. Foto: Public Citizen.



La lucha social desde la caja del supermercado

El instrumento de lucha más conocido es el boicot. El más sonado es el que ha sufrido Nestlé. Desde 1984 a la compañía le llueven críticas por sus técnicas de venta de leche materna: la publicidad en los hospitales, prohibida por la OMS desde 1981. A partir de 2001 Nestlé sufrió el boicot más duro, dirigido por la Red Internacional de Grupos pro Alimentación Infantil (IBFAN, en sus siglas en inglés).

En un informe esta organización detalla las razones de su lucha. Afirma que Nestlé regala leche en polvo en los hospitales para promocionar el producto, y que después de probarla los bebés ya no pueden alimentarse de sus madres.

A pesar de lo llamativo de la denuncia y de lo extendido del boicot, lo cierto es que no consiguió su objetivo. En un artículo del pasado septiembre, The Guardian afirmaba que Nestlé no ha variado sus técnicas de marketing, y que sigue siendo una de las mayores empresas de alimentación del mundo.

¿Por qué fracasó el boicot? Tal vez porque Nestlé tiene demasiados productos y el consumidor es incapaz de memorizarlos todos. O quizá se deba a la dificultad para distinguir entre el mito y la verdadera denuncia en la red.

Sea cual sea la razón, lo cierto es que los boicots no van mucho más allá del ruido mediático. Calcular su impacto económico es muy difícil, pero podemos manejar algunas cifras. El Co-operative Bank, por ejemplo, elabora cada año un informe con las pérdidas aproximadas que el boicoteo alentado por las ONGs causan en las multinacionales en el mercado de Gran Bretaña. A primera vista, las cifras son altas: 4.700 millones de euros en 2004, 890 millones más que el año anterior.

Las cifras pueden parecer altas, pero es sólo el 0.5% de lo que consumen los británicos en un año. Si tenemos en cuenta, según el informe, que estaban enfadados con todo lo que llegara de Norteamérica por la guerra de Iraq, y que más de la mitad de los ingleses aseguran estar haciendo boicot a alguna multinacional, la cifra es baja. Además, hay quien duda de que los efectos de un boicoteo sean siempre positivos: Oxfam, por ejemplo, ha mostrado cierta preocupación por los puestos de trabajo de quienes cosen balones de fútbol en Pakistán, que podrían quedarse sin trabajo sin obtener beneficio alguno.


Cuando ONGs y autoridades hacen causa común

Mientras, triunfan las acciones que tienen repercusión en los medios de comunicación tradicionales – como el boicot que Greenpeace dirigió en 1995 para obligar a Shell a que no hundiera la plataforma petrolífera Brent en el mar del Norte-, o las que promueven políticos con aceptación popular. Ahí tenemos al presidente de Argentina que ante la subida de combustibles en marzo pasado animaba a la población a boicotear a Shell: “ni una lata de aceite” debía comprarle a esa petrolera un argentino.

A veces, las autoridades locales hacen causa común con las ONGs. En la India el Dr. Pandey no está solo en su lucha contra las extracciones de agua para las plantas embotelladoras de Coca Cola: el pasado septiembre el gobierno del estado indio de Kerala cuestionó el derecho de la multinacional a extraer 500.000 litros de agua al día para su planta de Plachimada. Su argumento es que se le está robando el agua a comunidades sin recursos para vendérsela a los países ricos.

Coca Cola se defiende y afirma que el agua que se extrae en la India se queda en la India para abastecer a su inmenso mercado. Una respuesta que no convence a los activistas, porque el resultado es el mismo: un bien público y vital que se saca de la tierra allí donde escasea para que lo disfrute quien pueda comprarlo.


Las multinacionales no quieren ser el malo de la película

Para defenderse, las grandes empresas dedican mucho dinero a campañas de imagen. Se quejan de que las ONGs les acusan de delitos que no cometen: de que han convertido a las grandes empresas en el símbolo de todas las consecuencias negativas de la globalización. En ocasiones, es cierto.

En el caso de Coca Cola, hace dos años el Centro Indio para la Ciencia y el Medio Ambiente afirmó que su refresco contenía pesticidas y era peligroso para la salud. Según la multinacional, las autoridades llegaron a prohibir el consumo de sus refrescos durante siete semanas. Los estudios concluyeron que la acusación era falsa. Pero el daño a la imagen y a los ingresos de Coca Cola ya estaba hecho.


Lo último: el boicot en positivo

A veces se equivocan, pero lo cierto es que las ONGs no paran de mejorar sus métodos y de afinar en sus acusaciones. Boicots, correos electrónicos, firmas electrónicas, campañas de propaganda dentro y fuera de la Red... el mundo de los activistas a veces acierta en la fórmula y a veces no, pero no deja de probar cosas nuevas.

Lo último en reivindicación también se hace desde el supermercado: es el “buycot”, donde se informa al consumidor de qué empresas son socialmente responsables y éste contribuye con su compra a respaldar su comportamiento. El escalón intermedio entre el capitalismo y el activismo social.

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El Dr. Sandeep Pandey es un activista indio que estos días recorre EEUU. En sus conferencias denuncia que Coca Cola extrae miles de litros de agua al día en acuíferos de su país, para embotellarla y venderla en los países ricos. Foto: AP.