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Plamegate: la historia que hace temblar a la Casa Blanca
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IÑIGO SÁENZ DE UGARTE
31 de octubre de 2005

Todos los Gobiernos ocultan con celo la identidad de sus agentes secretos. El escándalo que ahora cerca a la Casa Blanca (llamado Plamegate) se originó por lo contrario: un alto cargo reveló el nombre de un espía de la CIA para restar valor al testimonio de su marido. Suena algo ridículo, pero en juego estaba la credibilidad de las razones presentadas para invadir Iraq. Ésta es la historia (casi) completa del Plamegate.

Todo comienza cuando el Gobierno norteamericano intenta verificar una de las informaciones que apuntan a la responsabilidad de Sadam Hussein en su intento de fabricar armas nucleares. La pista llega a Washington a través de un intermediario improbable: los servicios secretos italianos hacen saber a EEUU y el Reino Unido que Irak compró uranio en Níger. Dicen tener unos documentos que pueden demostrarlo.

La Casa Blanca, en especial la oficina del vicepresidente Cheney, está al tanto de todas las pruebas que maneja la CIA y ordena a su servicio de inteligencia que intente confirmar la veracidad de los datos. Hechos como éstos, con independencia de si la venta se había producido o no, pueden servir para convencer a la opinión pública internacional de la necesidad de deshacerse de Sadam.

Cheney se queda sin su mano derecha La CIA no cuenta con nada que avale las sospechas, aunque sí tiene otros datos que le hacen creer que Iraq intentó en el pasado comprar uranio en África.

Entre el personal de la CIA experto en armas de destrucción masiva se encuentra Valery Plame, una mujer de 42 años. Plame es una agente (un NOC en la jerga de la Agencia), no un analista que valora la información secreta en la comodidad de su despacho. Viaja en ocasiones al extranjero y siempre lo hace con identidad falsa y sin ninguna cobertura diplomática. Se hace pasar por empresaria, periodista o profesora.

Su marido, Joseph Wilson, es un diplomático que estuvo destinado en varios países africanos. La CIA decide enviarle a Níger para que intente confirmar las sospechas (según algunos medios, a sugerencia de su mujer, algo que la CIA ha desmentido).

El viaje de Joseph Wilson

Wilson se desplaza a Níger en febrero de 2002 y se entrevista con altos cargos del país africano y diplomáticos extranjeros. No tarda mucho en descubrir que la información no tiene sentido. La producción de uranio en Níger está muy controlada por empresas occidentales y la Agencia Internacional de la Energía Atómica. La embajadora de EEUU en Níger comparte su punto de vista. A su vuelta a EEUU, informa a la CIA de sus conclusiones.

La Agencia Internacional de la Energía Atómica recibe una copia de esos documentos y llega con rapidez a la conclusión de que son falsos.

Bush siente la presión La CIA no informa a Bush y Cheney del viaje de Wilson, pero sí comunica que no está en condiciones de avalar la veracidad de la pista de Níger. Sin embargo, la Casa Blanca decide incluir en el discurso del Estado de la Nación que pronuncia George Bush ante el Congreso el 28 de enero de 2003 una referencia a la supuesta compra de uranio africano por Iraq. Son 16 palabras que dejan perplejo a Wilson cuando contempla el discurso por televisión.

Bush adjudica el origen de la información al Gobierno británico:

"The British government has learned that Saddam Hussein recently sought significant quantities of uranium from Africa".

El diplomático comunica a algunas personas, y probablemente también a periodistas, que la Administración de Bush se ha valido de hechos falsos para justificar la invasión de Iraq. En mayo de 2003 , cuando Sadam ya ha sido derrocado, dos periodistas incluyen esta información sin citar el nombre de Wilson en artículos que pasan desapercibidos.

Un ataque preventivo

La Casa Blanca ya es consciente de la existencia de Wilson y supone que puede traerle problemas. Varios altos cargos, entre ellos, Lewis Libby (jefe de gabinete de Cheney) y Karl Rove (el principal consejero de Bush) discuten sobre la forma de hacer frente a las acusaciones.

Todos ellos disfrutan de los permisos necesarios para tener acceso a información secreta. Buscan datos sobre Wilson y su viaje. Cheney informa en junio a Libby que Valery Plame trabaja en la CIA.

Karl Rove se arriesga a ir a prisión
Karl Rove fue uno de los altos cargos de la Casa Blanca que hablaron con la prensa para compensar el daño que podría causar Wilson. Foto: AP.


Una vez que saben lo necesario, hablan con varios periodistas en lo que es una especie de ataque preventivo.

Lo hacen ‘off the record’ (sin que los periodistas puedan utilizar la identidad de su fuente) para dejar claro que sus jefes no sabían nada del viaje de Wilson y restar valor a su testimonio en el caso de que la historia del diplomático salga a la luz.

(De hecho, el 6 de julio de 2003, Wilson publica un artículo en The New York Times. Advierte de que algunas de las razones esgrimidas para ir a la guerra pueden haber sido falsas y describe el resultado de su misión en Níger).

El nombre de Valery Plame aparece en esas conversaciones. Se dice que el viaje de Wilson fue algo casi irrelevante, que el director de la CIA no estaba informado de esa misión y que es probable que la decisión de enviarlo a Africa fuera de su propia esposa.

(No está demostrado que Libby, Rove u otros responsables de la Casa Blanca supieran que Plame era una agente secreta de la CIA, cuya identidad tienen prohibido comentar a personas que no tengan permiso para acceder a secretos. Tampoco se sabe más allá de toda duda quién fue el primero que plantó en la mente de los periodistas el nombre de Plame y quiénes se limitaron a comentar que habían oído hablar de ella).

Uno de esos periodistas, el columnista conservador Robert Novak, un hombre con buenas fuentes en la Casa Blanca y el Pentágono y partidario de la guerra en Iraq, escribe un artículo en el que aparece el nombre de Valery Plame. Se publica el 14 de julio, ocho días después de la aparición de la denuncia pública de Wilson.

La CIA pide un castigo para los culpables

La CIA reacciona enfurecida y comunica a la Casa Blanca que se ha cometido un delito (si la filtración ha procedido de una fuente gubernamental) y que hay que descubrir al culpable. El Departamento de Justicia comienza a investigar el caso, pero, ante la posibilidad de que haya políticos implicados y se produzca un conflicto de intereses, Bush decide nombrar a un fiscal independiente, Patrick Fitzgerald.

Se inicia una investigación que durará dos años en su primera fase, y que acaba de concluir con el procesamiento de Libby. El fiscal y agentes del FBI hacen preguntas a todos los políticos que pudieran tener acceso a información secreta o que tuvieran algún motivo para dar a conocerla. Entre ellos están Bush y Cheney que reciben en una ocasión a los investigadores.

Otros políticos tienen más motivos para estar preocupados. Libby y Rove son interrogados en varias ocasiones. Su versión es que se enteraron de la existencia de Plame a través de comentarios de los periodistas con los que hablaron.

El fiscal también interroga a los periodistas que conocían la identidad de Plame gracias a sus entrevistas con políticos de la Casa Blanca. Novak llega a un acuerdo con la fiscalía para prestar declaración, cuyos términos se desconocen.

Judith Miller, la periodista que pasó por prisión La periodista de The New York Times, Judith Miller, está entre los periodistas que reúnen con el fiscal. Miller no había escrito ningún artículo sobre Wilson y Plame, pero sí habló en tres ocasiones sobre el asunto con Libby. La periodista se niega a revelar el nombre de su fuente, a pesar de que todos los políticos implicados habían firmado un documento, a instancias de la Casa Blanca, en el que liberaban a los reporteros de la obligación de no dar a conocer su identidad.

Miller pasa varios meses en la cárcel por orden del juez hasta que acepta declarar ante el fiscal y el gran jurado sobre sus conversaciones con Libby, una vez que éste le reitera en una llamada a la prisión que no tiene inconveniente en que preste declaración sobre todo lo que sabe.

Con esta información, el fiscal pide y obtiene el procesamiento de Libby. Le acusa de obstrucción a la justicia, perjurio y prestar falso testimonio. Fitzgerald no tiene pruebas de que el consejero de Cheney sea el autor de la filtración, pero sí sabe que mintió en sus declaraciones ante los agentes del FBI y el gran jurado.

El fiscal tiene previsto continuar con su investigación. Aún no ha tomado ninguna medida en relación a Karl Rove.

Libby ha presentado la dimisión. Rove puede ser el próximo. En los próximos meses, la mano derecha de Bush tendrá que dedicar una parte nada despreciable de su tiempo a continuar defendiéndose de las mismas acusaciones que han desencadenado el procesamiento de Libby.

CORRECCIÓN:

El nombre de la agente de la CIA es Valerie Plame, no Valery.

El periodista Robert Novak no es un partidario de la guerra de Iraq, sino lo contrario. A pesar de ser de ideas conservadoras, ha discrepado de forma pública con el mantenimiento por EEUU de sus tropas norteamericanas en Iraq.

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Una vez que su nombre salió a la luz, Valery Plame aceptó aparecer fotografiada (algo tapada) con su marido en la revista 'Vanity Fair'. Foto: Jonas Karlsson.